Talleres Protegidos ¿Para quien? 1º Parte.

Lic. Ester Frola*

En la década de los años 70 fueron sancionadas leyes que apuntaban a la creación de espacios ocupacionales para personas con discapacidad en edad adulta. En ese contexto social y político, este nuevo espacio, constituyó un avance hacia la construcción de una nueva concepción de la persona con discapacidad. Y aunque resulte paradójico (teniendo en cuenta la etapa en la que es creada) se comenzó a hablar de la necesidad de que “el discapacitado” trabaje, más no del derecho, se le reconocía el espacio por su diagnóstico, más no como trabajador.

Transcurrieron más de 30 años de cambios culturales, políticos y sociales que llevaron a que la sociedad alcanzara la madurez y crecimiento suficiente para comenzar a hablar del concepto de persona sobre el de discapacidad.

Se avanzó en la ruptura de los límites impuestos a este colectivo. El diagnóstico ya no cumple el papel de ser la medida de exclusión de las personas, sino que es el punto de inicio de un proceso de construcción de la persona en su relación con otros, en un contexto y dentro de una cultura determinada.

Así, en este proceso de construcción de nuevos paradigmas, la educación está en proceso de cambio. La modalidad especial continúa su lucha para que sea entendida como una parte más del sistema educativo nacional. Cada día se integran más contenidos a las asignaturas, se desarrollan proyectos, talleres, actividades donde el actor principal es la persona con discapacidad. La función ya no es de mera contención, es un espacio educativo que brinda a los alumnos herramientas para su propia integración social.

En la actualidad algunas escuelas especiales desarrollan estrategias de alianzas con empresas desde una óptica de compromiso social, aportando una mirada fresca a la idea de la Responsabilidad Social Empresaria, no ya como donación, sino como la posibilidad concreta de brindar igualdad de oportunidades a personas que estén en situación de vulnerabilidad. El trabajo se convierte en una realidad para personas con discapacidad intelectual.

Pero hay un espacio antes considerado ocupacional que todavía está construyendo su identidad. Esos son los Talleres Protegidos. Esta construcción depende en gran medida de la formación y mirada de las profesionales, y personas que en general están involucrados en este tipo de proyectos. El límite entre lo ocupacional y lo laboral productivo no está definido. Si bien es complejo definir qué implica la modalidad taller, más lo es el concepto de Protegido. ¿Protegidos para quien? Como están dadas las condiciones quien es protegido es el Estado. Asiste a los operarios con subsidios que ni siquiera contemplan el monto mínimo que una persona debe acceder para llegar a la línea de indigencia (en la actualidad $400). No ejerce la función de control de las propuestas dentro de las organizaciones y por ende tampoco aporta a este tipo de espacio propuestas o aportes para la adquisición de máquinas, insumos o demás aspectos que signifiquen generar mejores condiciones de trabajo en los talleres.

También las organizaciones son parte de esta protección. Tienen talleres donde grupos de personas con discapacidad realizan actividades, en general de índole artesanal, abonándoles incentivos. Esta es una realidad no un juicio de valor. Hoy, dadas la situación económica del país, es casi imposible brindar a los operarios un sueldo digno, aportes jubilatorios, entre otros beneficios. A la vez si pudieran brindar esos beneficios dejarían de ser Talleres Protegidos y se convertirían en otro tipo de espacio, de índole comercial, que probablemente no tendrían la función social que cumplen hoy los talleres. Todo un debate a enfrentar. Ahora bien, si se mantuviera la figura de los TP y se decidiera encararlos con la decisión de incrementar los pagos, solo se podría hacer reduciendo drásticamente la cantidad de operarios, incrementando el trabajo al grupo y perdiendo de vista el objetivo final: el proyecto social que implica este espacio.

¿Protegidos para quien?

En general las personas con discapacidad
son los menos protegidos en el área,
aunque sean las más asistidas por el Estado
o por organizaciones y familias.

Suena sumamente contradictorio. Pero la realidad es que los talleres no son empresas de por si, ni PYMES. No tienen, ni logran acceder a esa estructura.

En general las personas con discapacidad son los menos protegidos en el área, aunque sean las más asistidas por el Estado o por organizaciones y familias.

El gran desafío para los talleres protegidos es convertirse en proyectos sociales colectivos, donde la dignidad de la persona, de cada integrante en, igualdad de condiciones se construya desde el concepto de trabajo. Suena utópico, parece más deseo que realidad. Pero las realidades se construyen asumiendo el impacto de los cambios, dejando de ver las diferencias como un problema y sobre todo cuando se ve en el otro a la persona que tiene un proyecto para desarrollar. Y esa conveniencia algunas veces se trasluce en el tipo de proyectos que se generan, en la toma de decisiones y hasta en la selección de objetivos que tienen los talleres.


El gran desafío para los talleres protegidos es convertirse en proyectos sociales colectivos, donde la dignidad de la persona, de cada integrante en, igualdad de condiciones se construya desde el concepto de trabajo.


Los profesionales del área nos debemos una gran autocrítica sobre varios temas: concepto de trabajo, derecho, diversidad, perfil profesional. Mientras tanto la existencia de talleres protegidos nos exigen pensarlo como espacios de trabajo acordes a la población que asiste, generando condiciones creativas para que los operarios no solo desarrollen una tarea productiva significativa en el desarrollo personal de cada uno, sino que ésta se vea acompañado de una remuneración cada día mas acorde con la realidad económica.

* Directora de la Escuela de Formación Integral y Capacitación Laboral y de la Red de Talleres Protegidos de APADIM Córdoba

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