Cuando estamos insertos en el mundo.

A pesar de planes y promesas, el trabajo infantil sigue siendo un grave problema económico y social en nuestro país, sobre todo en las abandonadas comunidades aborígenes.

Otro año más, y van... Al iniciarse 2008, desde la máxima jerarquía del poder se prometió erradicar el trabajo infantil en la República Argentina. En diciembre de 2008 pudo verificarse que se trató de una vacía manifestación de voluntarismo, de las tantas que se enunciaron, ad nauseam, durante los 12 meses pasados.
La realidad es bien distinta de la augurada por el Gobierno nacional. Según el último censo ocupacional realizado en nuestro país, 456.207 niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 17 años trabajan o realizan actividades económicas que afectan su escolarización. Y de ese total, los 193 mil que tienen menos de 14 años, lo hacen en forma ilegal, ya que ésa es la edad mínima de admisión al empleo en nuestro país. En el tercermundista conurbano bonaerense, una especie de África subsahariana nacional, la edad promedio de los chicos que comienzan a trabajar es de 9 años y reciben una retribución prácticamente equivalente a la del trabajo esclavo. Según datos de la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes, los chicos recolectan basura o realizan tareas domésticas pesadas, en medios ambientes peligrosos o en condiciones que ponen en riesgo su salud.
En el noroeste del país es común ver a criaturas de 5 ó 6 años trabajando de sol a sol en las cosechas de algodón, tabaco y verduras, a la par de sus padres. En las zonas rurales, la situación educacional se agrava: el 62 por ciento de los chicos que trabajan no asiste a la escuela.
Es obvio que los relevamientos no reflejan totalmente una realidad lamentable, porque los medios independientes recogen con desalentadora frecuencia testimonios lacerantes del trabajo infantil esclavo, sobre todo en regiones donde sobreviven penosamente las comunidades aborígenes. La intensidad de esta tragedia social se incrementa cuando se compara la situación argentina con la del conjunto de nuestro continente. De acuerdo con un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), "en América latina y el Caribe se ha observado la caída más rápida del trabajo infantil a lo largo del período cuatrienal.
El trabajo infantil se redujo en 11 por ciento entre 2000 y 2004, siendo la primera vez que se detecta este declive en todo el mundo, que es especialmente acusado en el caso de América latina y el Caribe. La disminución del trabajo infantil ha sido mayor en las formas de trabajo más peligrosas, alcanzándose en este caso el 26 por ciento". El número de niños que trabajan en la región ha descendido durante ese tiempo en dos tercios, y actualmente sólo trabaja el cinco por ciento. Las mayores contribuciones para ese promisorio descenso las efectuaron Brasil, Chile y México. No por casualidad, esos tres países son los que encabezan las estadísticas de crecimiento sustentable en América latina y el Caribe, y los que reciben el mayor flujo de inversiones extranjeras directas, que hacen posible crear nuevas fuentes de trabajo y, por consiguiente, reducir en millares de hogares la necesidad de que sus niños abandonen sus estudios y consigan alguna ocupación que contribuya a paliar las desventuras económicas y sociales de la pobreza y la indigencia.
El aporte argentino a este alentador avance latinoamericano ha sido mínimo y eso es lamentable, porque una vez más nos coloca frente a una realidad que no puede ser ocultada con manipuleos propagandísticos ni, menos aún, estadísticos.
En total, aproximadamente 165 millones de niños de entre 4 y 15 años trabajan en el mundo, según la OIT. De esa cifra, más de 100 millones lo hacen en la agricultura, en zonas rurales donde el acceso a las escuelas y la disponibilidad de profesores y medios es muy limitado, según sostiene el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Unos 75 millones de niños no tienen hoy acceso a la educación primaria y se ven obligados a comenzar a trabajar a una edad temprana. Y de este aborrecible problema no estamos desacoplados, como manda nuestra soberbia, sino firmemente insertos en el mundo.
Fuente: La Voz del Interior.

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