martes, mayo 26, 2009


Tienen entre 6 y 19 años y quedaron huérfanos. Todos van a la escuela. Nora, además, cría a tres hijos propios.
Jesús sonríe desde el póster del Sagrado Corazón en la pared casi pelada de la casa de Nora Regaretta (45), en Villa El Libertador. Cristo debe tener mucho trabajo en esa vivienda superpoblada. Varias veces a la semana, Nora le reza en Medea, la imponente sede de la iglesia evangélica de la zona. La de Nora es la historia de una mujer que decidió enfrentar el destino. Crió sola cuatro hijos y, desde hace menos de dos años, es la tutora responsable de siete niños y adolescentes que quedaron huérfanos de madre y de padre. A poco de conocerla, queda la sensación de que le falta muy poco para ganarse un lugar en el cielo. Álvaro (6), Juan (8), Agustín (11), Daniel (14), Alejandro (15), Maida (17) y Cecilia (19) empezaron a quedarse solos en octubre de 2006, día en que su madre Luisa Lucía Regaretta murió electrocutada cuando intentaba acomodar una conexión precaria a la red eléctrica frente a su vivienda. Los chicos fueron testigos de la desgracia.
Un año y un día después, el papá Jorge Daniel Ontivero (36) se cayó de un andamio, a la altura de un primer piso, cuando trabajaba en una obra en construcción en barrio San Martín. Las crónicas periodísticas de la época consignaban que los chicos habían quedado al cuidado de la abuela paterna, una señora mayor sin jubilación ni pensión que se mudó a la humilde casita de los niños. Luego, la tía Nora –hermana de Luisa– se convirtió en mamá múltiple y se hizo cargo de todos.
Mucha gente, pocas cosas. Nora abre la puerta de su casa de calle Bermejo y Carmelo Ibarra en el populoso barrio del sur de la ciudad de Córdoba e invita a recorrerla. Álvaro, el pequeñito, duerme en una de las tres habitaciones mientras la mujer cuenta cómo sobrevive sin trabajo y con mil pesos al mes para 11 personas (la hija mayor de Nora vive en pareja y con un bebé en otro domicilio). Lo hacen en esa casa amplia y de ventanas chicas. El patrón de su cuñado llegó a un acuerdo con la familia tras el accidente de trabajo. Construyó la vivienda para los chicos y pactó la entrega de 250 pesos a la semana hasta que el más chiquito cumpliera 21 años. “Soy la tutora legal de los chicos. Era la única de siete hermanos que podía hacerse cargo de ellos”, cuenta Nora, mamá de Jorgelina (14), Daiana (15), Jesús (17) y Yanina (21). La casa está vacía de muebles y llena de gente. Por cada puerta asoma alguno de los pibes que saludan con un beso y un abrazo. Sonríen al camarógrafo (Cecilia es la única que no quiere aparecer en la foto), cuentan que Agustín es el más madrugador y Jorgelina, la más remolona.
Todos van a la escuela. A la Marta Juan González, los más chicos y a la Mirici, los del secundario. Comen en la escuela al mediodía y tres kilos de pan por día no es suficiente para el ejército de estómagos en crecimiento. “El problema es la cena, cuando estamos todos”, dice Nora.
La plata no alcanza. Con la ayuda de la trabajadora social Cecilia Grací, la psicopedagoga Leandra Pressaco y Rosana Aguiló del Centro de Integración Escolar “La Casita”, la familia solicitó una ayuda al Ministerio de la Solidaridad. “Necesitan una ayuda sistemática y permanente. La solidaridad de la comunidad sirve, pero no basta”, dice Pressaco. La pelea por sobrevivir. A Nora no le gusta pedir. No sabe pedir y no quiere pedir. Detesta las dádivas porque siempre se ganó la vida con trabajo (en una fábrica de chupetines en San Vicente y luego 15 años en una fábrica de cajas de zapatos). “Tengo que andar pidiendo. Nunca he hecho eso”, cuenta. Pero, por ahora, no le queda otra. “Quisiera trabajar, pero no puedo. La estoy peleando. No quiero que dejen la escuela y no quiero que se acerquen a la droga que está en todas partes”, dice. Faltan once colchones, tres camas, una heladera, sillas, muchas frazadas, ropa, zapatillas, roperos para que la poca ropa deje de apilarse donde cae. Nora no llora en público. Está muy ocupada. “Somos muchos”, dice. Es evidente. Por ahora, y pese a todo, el mayor logro es que atrás de Nora hay una familia que supo ensamblar. “En un momento estuve a punto de rendirme. No daba más. Sigo por los chicos porque no sé qué sería de ellos”, relata.
Para ayudar.
Camas y colchones. Los chicos comparten camas y los colchones están muy deteriorados.
Alimentos y ropa. La familia necesita alimentos, ropa de todos los tamaños y zapatillas. Teléfono. (0351) 153 664058.

Fuente: La Voz del Interior.


APADIM Córdoba. Comunicación Institucional. Contactos comunicacion@apadim.org.ar

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