martes, agosto 18, 2009

Entrevista a José “Pepe” Di Paola, sacerdote

El párroco de la Villa 21 denunció que el paco estaba “despenalizado de hecho” en los asentamientos de Buenos Aires y armó un enorme revuelo. Dice que la batalla no está perdida y que la derrota anticipada es la mejor aliada de los traficantes.

El viento norte sopló sobre la Capital y provocó una oleada de insólito calor. La mañana del sábado está sofocante, lo cual no parece afectar al presbítero José Di Paola (47), quien sigue atendiendo a decenas de personas sin perder el humor.
"La charla tendrá que ser cortita, porque
estoy adelantando trabajo para poder irme a Córdoba", se disculpa el sacerdote de la Villa 21 (ver Hoy, en Córdoba). Interrumpe para darle instrucciones a una joven, sobre los análisis que debe hacerse antes de pedir turno en el hospital.
Hasta el más pintado se quedaría atónito al constatar la inserción de la parroquia Virgen de Caacupé en el enclave entre Barracas y Pompeya. Cerca del Riachuelo, y a 20 minutos del Obelisco, viven unas 40 mil personas. Muchos son paraguayos o litoraleños. De ahí que la iglesita esté consagrada "a la patrona de Paraguay... su nombre en guaraní significa ‘detrás de los montes’", aclara el párroco.

Sin miedo
Nació en Burzaco. En 1987 egresó del Seminario Mayor de Villa Devoto. Su vida sacerdotal transcurre entre los más pobres, y estuvo en las zonas marginales de Congreso, San José del Talar y San Pantaleón (cerca de Ciudad Oculta). Hace más de 13 años que vive en "la 21", identificación que deviene de uno de los tantos "proyectos urbanísticos" surgidos en Capital Federal.
Aunque el flagelo del "paco" (apócope de "pasta base de deshechos de cocaína") es harto conocido, "Pepe" movió el tablero al denunciar que "está despenalizado de hecho en las villas".
Esto fue en abril pasado. A pesar de las amenazas y del malestar generado en esferas oficiales y extraoficiales, el cura sigue al pie del cañón. Propiamente hablando. A lo sumo, ha morigerado un poco su discurso, para no perjudicar "a la mucha gente honesta que hay en la villa". Pero está convencido de que toda lucha contra la droga es posible si se parte de un conocimiento real y desprejuiciado del problema. En definitiva, es cuestión de fe, de amor y, sobre todo, de acción.
Mucho para hacer
–¿Es real que sólo usted y los otros tres sacerdotes de Caacupé pueden entrar y salir de "la 21"?
–La verdad es que entra y sale mucha gente. Los medios condicionan la realidad, cuando la presentan sólo desde el ángulo policial. Imagínese, acá viven 40 mil personas. Los hombres son albañiles, y las mujeres están en el servicio doméstico. Es obvio que entran y salen varias veces por día, sin contar los mandados, las idas al médico.
–A medida que las villas se transforman en guetos peligrosos, la "integración social" suena más utópica.
–Y, si usted lo plantea así, seguro. ¿Por qué no lo piensa al revés? ¿Por qué no piensa en lo mucho que estos lugares tienen para dar? ¿Por qué no viene más seguido? Sus culturas son muy étnicas, muy ricas; su mano de obra es bastante calificada; muchos son gente honesta y honrada... Partamos de la base que las villas son producto de un modelo económico, que no fue elegido por ninguno de los que se tuvieron que venir a vivir acá. Aunque no participaron de las decisiones que consolidaron ese modelo, cargan con sus consecuencias. Además, es obvio que cuando hablamos de "integración" estamos proponiendo acciones bien concretas.
–¿Qué lo motivó a hacer una presentación tan radical referida a la venta y al consumo de sustancias baratas?
–La droga es un problema universal. Esto no es novedad para nadie, y menos para nosotros. Pero en 2001 empezó a cambiar la edad y la forma de inicio. El paco es la droga de los chicos, algo antes impensable. En una villa, la pirámide poblacional tiene base muy ancha, por la cantidad de niños y adolescentes. De ahí que en los sectores más excluidos el paco sea un devastador. No podíamos seguir acallando una situación que implica una cadena de complicidades y silencios. Si lo hacíamos, también éramos cómplices. No hace falta decir cuánto liquida el paco, y en qué lapso.
–¿Qué acciones habría que emprender?
–Antes que nada, hay que convencerse de que la batalla es posible. La derrota anticipada es el mejor aliado del traficante. El desánimo hizo que la droga nos llevara por delante. Para no confundirse, la sociedad tiene que estar enterada de lo que ocurre en los sectores carecientes. Digo esto por la inseguridad que se asocia a la figura del adicto y al tráfico. ¿Cómo se hace, para conocer? Yendo, entrando, estando. El Estado dejó un vacío inmenso. Viviendo en las villas se nota que hace falta mejorar la salud, la educación, la actividad física. Pero cuando hablamos de Estado ausente no estamos hablando sólo de gobierno ausente. Hablamos de nosotros: de la universidad, las asociaciones, las religiones. La universidad, sobre todo, tendría que estar mucho más presente. Hay facultades que deberían venir a dar clases y prácticos en las villas. ¡El provecho sería mutuo!
–¿Qué porcentaje de chicos son recuperables?
–No voy a dar números. No los tengo, ni creo que sirvan demasiado. Lo único que sirve es no bajar los brazos. Las políticas de prevención y recuperación dan resultado en todas partes. Pero, claro, hay que instrumentarlas y no abandonarlas.

Fuente: La Voz del Interior.



APADIM Córdoba. Comunicación Institucional. Contactos comunicacion@apadim.org.ar

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